Una historia como cualquiera (cuento)

Estaba en mi oficina mientras ojeaba el periódico de esta semana, cuando pasadas las cuatro de la tarde decidí llamar a Felipe, nos habíamos contactado previamente por correo electrónico, así que la conversación por teléfono fue muy breve. Nos encontramos en un café cerca de la plaza Bolívar, por un momento pensé que nunca iba a aparecer ya que lo esperé un buen rato, pero finalmente llegó. Luego de habernos presentado nos tomamos un café mientras preparaba todo para la entrevista, así que le di un poco de tiempo para él decidiera cómo relatar su historia.

Saqué de mi chaqueta la grabadora, le expuse las condiciones de mi entrevista y le plantee la manera de cómo podría desarrollarse la historia. La dije a Felipe que hablará naturalmente:
-Bueno mi nombre es Felipe Peña (con una voz grave y pausada) soy caraqueño, vine al mundo por accidente, mis padres nunca se quisieron y a la edad de ocho años se divorciaron, mi madre jamás volví a verla, por esa razón mi padre decidió que viviera con él. Mi padre se llamaba Domingo, lo quise mucho, nunca pude valorar su compañía mientras vivió, años después mi padre falleció debido a una cirrosis, desde ese momento empecé a experimentar lo que realmente se sentía estar solo. Y para mí los estudios siempre fueron un obstáculo, creía que no era lo suficientemente inteligente como para salir adelante por mi cuenta. Mis amigos de la cuadra me ofrecieron su “ayuda” para poder “salir adelante” y darme la vida que mi padre nunca pudo ofrecerme a causa de su trabajo, las cuentas y su alcoholismo. Mis “amigos” de aquel tiempo me dijeron que podía ganar dinero fácil si guardaba dos kilos de cocaína en mi casa. Por un momento dude acerca de la propuesta pero después de haberlo pensado un poco acepte, en ese instante recibí la mitad del dinero por hacer ese “favor” y después me dieron la mitad otra mitad por devolver la mercancía en buen estado, por primera vez en mi vida, me sentí importante, jamás había sentido eso fuera del circulo familiar; el dinero fácil me gustó mucho, mucho más que esforzarme por las cosas que realmente eran importantes en la vida.

Unos meses después, por casualidad dejé un paquete de marihuana en la casa de un amigo y cuando regresé me enteré que habían robado la droga, en ese momento me sentí impotente, porque no sabía cómo iba a resolver el problema. Cuando Julio se enteró que había sucedido eso, empezó a buscarme para matarme, decidí irme de la ciudad por un tiempo, estaba demasiado asustado con lo que había sucedido, como para enfrentarme a Julio y su combo. Él junto con los demás de la pandilla comenzaron a buscarme por cielo y tierra, hasta que un día me contactaron con la malandros de la zona y dieron con mi paradero. Ellos empezaron a golpearme, me rompieron dos costillas, destrozaron mi cara y perforaron el pulmón izquierdo. Julio estuvo a punto de matarme pero no lo logró, porque la policía llegó de manera súbita al callejón donde me tenían acorralado, ya que pasaron casualmente por allí. Luego de eso tuve que ir a la estación de policía para rendir mi declaración de la razón por la cual me encontraba allí y qué hacía con esa gente. Meses después decidí vender la casa de mi padre e irme de la ciudad para alejarme de todo y de todos.

Recuerdo exactamente el día que llegue a Mérida; el ambiente en la calle era totalmente distinto al de Caracas; así que esta era una buena excusa para quedarme allí, alejándome de gente que podía matarme. Empecé a trabajar primero como malabarista en las calles y en las principales avenidas de la ciudad; después como mensajero, fue muy duro para mí, porque estaba acostumbrado a los lujos, y lo que había vendido mi casa no me alcanzaba para mucho, debía ahorrar ese dinero para el alquiler de un cuarto y mis gastos personales, sentía en ese momento ganas de dejar todo e irme a Caracas de nuevo, pero no podía volver allá, ya que tenía mi tiempo contado.

En Mérida vivía con una señora que se llamaba Rosa (dueña de la casa donde vivía); ella al principio notó en mi mirada que era una persona que había tenido un pasado oscuro, noté su desconfianza en cada movimiento que hacía y me preguntaba por cada cosa qué hacía (era realmente desagradable, estar dandóle explicaciones a alguien que no significaba nada para mí), pero tampoco le presté mucha atención a su conducta. Lo único que quería era alejarme del pasado que me agobiaba. Mis estudios de bachillerato los culminé aquí. Pasaron dos años para poder ingresar a la universidad, distribuía mi tiempo entre las clases y mi trabajo. Allí conocí a Melissa, la chica que haría reflexionar acerca de las cosas importantes. La conocí tres años después de haber entrado a la universidad, la primera vez que la vi me ignoro por completo y pensé: ¿qué se cree esa niña engreída, como para ignorarme de esa manera? Desde ese momento empecé a encontrarmela de manera recurrente, tuvimos nuestra historia juntos pero no funcionó, debido a lo complicado que eran nuestras vidas, llegamos a vivir juntos y a pesar de que compartíamos el apartamento, nuestra relación se volvió monótona en donde el sexo era la única distracción de nuestra aburrida vida de pareja, porque ya ni nos provocaba salir juntos al parque, ella se volvió celosa, insegura de lo que nosotros teníamos, una vez la capturé revisando mi teléfono, me pareció una falta de respeto de su parte, peleamos durante un buen rato y nos dejamos de hablar por días y allí mi amor fue poco a poco a desvanecerse. Y al poco tiempo decidimos separarnos y seguir cada uno con su vida.

A pesar de todo lo que he vivido bueno o malo, me considero una buena persona, ya que esto no ha sido un impedimento para lograr lo que siempre había querido en la vida.

Felipe se retira agradecido por haberle concedido que se expresara de esa forma, se coloca sus lentes oscuros perdiéndose entre la multitud de turistas y buhoneros del centro de la ciudad.

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Existir y vivir en este país; realmente ¿qué significa? (poema)

¿Es solo pertenecer a algún ente?
Por ejemplo: pertenecer a esta sociedad o a un grupo de personas,
que se sienten dueños de su vida y algunas veces no.

Existir o no existir ahí está el detalle.
Existimos nosotros los que no llevamos ropa de diseñador o vivimos en lugares.
En que la sociedad rechaza, o somos ratas que los políticos usan
para manipular en sus campañas.

¿Somos personas que no existen, que no sufren y que no lloran?

Acaso no merecemos el mismo respeto y los mismos derechos,
que las personas privilegiadas por generaciones han tenido.

O seguiremos siendo esa minoría,
ese pueblo retraído e iluso.

Tenemos que despertar de los laureles y hacer escuchar nuestra voz.

Estamos cansados de que se vaya la luz y el agua,
cansados de tanta inseguridad en el país,
de tanto secuestros,
de tanta zozobra en la calle,
de tantos niños desamparados sin padres,
de tanta gente pobre en la calle,
siendo un país petrolero y rico en recursos naturales.

Rico de gente tan maravillosa y única en el mundo,
donde se comen hallacas en navidad,
donde el pabellón es el plato típico,
donde el Araguaney es nuestro árbol nacional y el Turpial es nuestro ave nacional,
donde se fabrican chinchorros,
alpargatas,
cuatros y maracas,
donde se encuentra el salto más alto del mundo,
las playas más bellas del Caribe,
donde se encuentran las mujeres más bellas y los hombres más excentricos del Sur del continente,
y los picos más hermosos,
que se observan desde la ciudad de Mérida.

Aprendamos a ser más venezolanos,
y que se refleje nuestro gentilicio en la piel.